Me da pena la flogger Cumbio. Hoy que tiene 15 años le dan un micrófono para que proclame sus ideales, le editan un libro, conduce un programa.
Espero que cuando tenga 25, haya cambiado de opinión y deteste todo lo que dijo diez años antes, también tenga la posibilidad de divulgarlo. Porque sería vital para ella y aleccionador para la sociedad.
domingo, 22 de febrero de 2009
lunes, 16 de febrero de 2009
domingo, 1 de febrero de 2009
Injusticia cósmica
Sé que nadie merece los premios del amor.
Pero ojalá los sucesos del mundo tuvieran una moral, una lógica que pudiéramos comprender. (O sea, hice esto, entonces esto... me pasó esto porque... etc.)
Perdón que diga esto, pero
conocer la dulzura de sus ojos
¿por qué se le concedió ese privilegio a mi alma cobarde?
Pero ojalá los sucesos del mundo tuvieran una moral, una lógica que pudiéramos comprender. (O sea, hice esto, entonces esto... me pasó esto porque... etc.)
Perdón que diga esto, pero
conocer la dulzura de sus ojos
¿por qué se le concedió ese privilegio a mi alma cobarde?
jueves, 29 de enero de 2009
Golpes
Cada vez que Lucía caminaba por la vereda de aquel cementerio escuchaba golpes. Golpes de puño contra una madera. Eran los golpes de un encerrado que quería salir, que pedía que lo saquen.
Ella trataba de no prestarles atención, se apresuraba para oírlos lo menos posible, quería confundir ese sonido con el de sus pasos. Pero todo intento de evadirse era inútil. Se sentía muy estúpida al optar por el camino más largo con tal de no transitar esa vereda interminable y tormentosa.
Había comentado superficialmente ese extraño suceso en diferentes ámbitos, y siempre ocurría lo mismo: la gente se reía, creyendo que se trataba de una broma. Entonces Lucía reía también, y se convencía de que todo eso no podía ser cierto.
Pero los golpes persistían, y el miedo fue creciendo hasta el día número veinte. Aquella mañana Lucía encontró sentado en el piso, apoyado contra la pared del cementerio, a un mendigo. Aturdida por los golpes, quiso pasar sin verlo, pero el hombre le habló desde el suelo.
-Eso que escuchas, muchacha, no trates de callarlo, porque no callará.
-¿Qué sabe usted lo que escucho?
-Los golpes. Los golpes de un muerto que quiere salir.
Lucía dejó caer involuntariamente las llaves que tenía en la mano. El mendigo siguió.
-No te asustes, el muerto vivo no está en el cementerio.
Lucía rió, nerviosa.
- Está adentro de ti. Si escuchas esos golpes es porque has intentado matar a una parte tuya, que afortunadamente no se resigna a morir.
Lucía sabía que lo que decía el hombre era inconsistente. Pero no pudo siquiera hacer uso del sentido común para contradecirlo.
En un instante, recordó aquella promesa que le había hecho a su abuela, a los 11 años: que viajaría por el mundo y probaría el pan de cada ciudad y cada pueblo, para verificar que en cada lugar tenía una fórmula distinta.
Recordó también aquel llamado que prefirió no hacer, aquella denuncia que calló, aquel estudio que no se animó a comenzar.
Lucía se alejó en silencio. Desde entonces, aunque ya no pasa por esa vereda, escucha golpes en cualquier lado, sobre todo los domingos.
Ella trataba de no prestarles atención, se apresuraba para oírlos lo menos posible, quería confundir ese sonido con el de sus pasos. Pero todo intento de evadirse era inútil. Se sentía muy estúpida al optar por el camino más largo con tal de no transitar esa vereda interminable y tormentosa.
Había comentado superficialmente ese extraño suceso en diferentes ámbitos, y siempre ocurría lo mismo: la gente se reía, creyendo que se trataba de una broma. Entonces Lucía reía también, y se convencía de que todo eso no podía ser cierto.
Pero los golpes persistían, y el miedo fue creciendo hasta el día número veinte. Aquella mañana Lucía encontró sentado en el piso, apoyado contra la pared del cementerio, a un mendigo. Aturdida por los golpes, quiso pasar sin verlo, pero el hombre le habló desde el suelo.
-Eso que escuchas, muchacha, no trates de callarlo, porque no callará.
-¿Qué sabe usted lo que escucho?
-Los golpes. Los golpes de un muerto que quiere salir.
Lucía dejó caer involuntariamente las llaves que tenía en la mano. El mendigo siguió.
-No te asustes, el muerto vivo no está en el cementerio.
Lucía rió, nerviosa.
- Está adentro de ti. Si escuchas esos golpes es porque has intentado matar a una parte tuya, que afortunadamente no se resigna a morir.
Lucía sabía que lo que decía el hombre era inconsistente. Pero no pudo siquiera hacer uso del sentido común para contradecirlo.
En un instante, recordó aquella promesa que le había hecho a su abuela, a los 11 años: que viajaría por el mundo y probaría el pan de cada ciudad y cada pueblo, para verificar que en cada lugar tenía una fórmula distinta.
Recordó también aquel llamado que prefirió no hacer, aquella denuncia que calló, aquel estudio que no se animó a comenzar.
Lucía se alejó en silencio. Desde entonces, aunque ya no pasa por esa vereda, escucha golpes en cualquier lado, sobre todo los domingos.
martes, 27 de enero de 2009
Las personas que se jactan de su escepticismo merecen todo mi desprecio
En primer lugar, porque lo hacen para mandarse la parte. Y porque subestiman al resto.
Y en segundo lugar, porque no se dan cuenta de que lo único que impulsa el mundo es la capacidad de creer.
Boludo e infeliz el que no cree, y encima se hace el piola.
Y en segundo lugar, porque no se dan cuenta de que lo único que impulsa el mundo es la capacidad de creer.
Boludo e infeliz el que no cree, y encima se hace el piola.
jueves, 22 de enero de 2009
Detectar ese instante
Si me concedieran una habilidad en la vida, pediría la de detectar el momento exacto en el que algo -una relación, una situación laboral- comienza a decaer.
¿Cómo ver con claridad el vértice que separa la línea ascendente de la descendente?
Uno comienza, todo va bien hasta que empieza a notar que algo anda mal. Entonces se da cuenta de que las cosas vienen mal desde hace tiempo. Pero no puede detectar el momento, el instante certero en que de la prosperidad se pasó a la decadencia.
¿Será porque los hombres nos creemos demasiado eternos, demasiado inmunes al tiempo, que todo lo cambia y finalmente lo destruye?
En fin... ¿qué más da? Sólo será feliz quien tenga esa ilusión.
¿Cómo ver con claridad el vértice que separa la línea ascendente de la descendente?
Uno comienza, todo va bien hasta que empieza a notar que algo anda mal. Entonces se da cuenta de que las cosas vienen mal desde hace tiempo. Pero no puede detectar el momento, el instante certero en que de la prosperidad se pasó a la decadencia.
¿Será porque los hombres nos creemos demasiado eternos, demasiado inmunes al tiempo, que todo lo cambia y finalmente lo destruye?
En fin... ¿qué más da? Sólo será feliz quien tenga esa ilusión.
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